Tuesday, January 24, 2006

La dama de Musashino (Kenji Mizoguchi)

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Musashino, en la actualidad, es una de las zonas más densamente pobladas de Tokyo (más de 10,000 personas por kilómetro cuadrado), pero en la película de Kenji Mizoguchi es una zona cuasi rural, que se convierte en el escenario para una de las transformaciones más profundas de la sociedad japonesa.

El film comienza poco antes del fin de la Segunda Guerra Mundial (dos años de fundarse Musashino como ciudad). En el centro de la historia está una mujer, como sucede casi siempre en el cine de Mizoguchi, considerado uno de los más grandes directores de mujeres (junto a George Cuckor, Ingmar Bergman y Pedro Almodóvar). Se trata de Akiyama Michiko (Tanaka Kinuyo), descendiente de un antiguo samurai y, por lo tanto , perteneciente a los vestigios de lo que fue una sociedad basada en el honor, en la posesión de la tierra y en el respeto a la tradición de los antepasados. Ella está casada infelizmente con un profesor, un intelectual algo frívolo, oportunista y extremadamente egoísta.

Sus únicos parientes son sus padres (que mueren al final de la guerra, como mueren algunas instituciones tradicionales japonesas directamente implicadas en la aventura bélica), un primo casado con Tomiko (Todoroki Yukiko) una casquivana mujer que recibe abiertamente los valores occidentales y otro primo, Tsutomu (Katayama Akihiko), mucho más joven, que ha ido a servir a la guerra.

Lo que sigue es el terreno en el que se mueve Mizoguchi: el más puro melodrama. Tsutomu se enamora perdidamente de Michiko, mientras que el esposo corretea a cuanta mujer se le cruza incluída Tomiko, quien a su vez se siente atrapada en un infeliz matrimonio y aplacada por la soledad. Un buen día Tomiko y el esposo de Michiko (ambos ajenos al grupo familiar) deciden escapar y robarle la casa y las propiedades a la abnegada Michiko, quitándole todo aquello que ella respeta en la vida y por lo que se ha negado a ceder ante el amor de su primo y permitir las sinvergüenzadas del esposo: el honor.


Para evitar esta perdida, no solo para ella sino para los vestigios del clan familiar, Michiko toma una medida radical: decide suicidarse y ceder las tierras a sus primos. Así, las tierras se quedarán dentro del clan y ella no se verá envuelta en un escándalo de divorcio que podría manchar su honor familiar.

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"La dama de Musashino" es entonces la historia, en tono de melodrama, de esta recomposición a la que se somete la sociedad japonesa luego de la guerra, aquella que tuvo que soportar la invasión occidental, pero que nunca perdió del todo sus valores tradicionales, sino que los transformaron y adaptaron a las nuevas necesidades, a una visión del mundo menos etnocentrista, sino que mira al futuro con cierta esperanza. Tal como lo hace Tsutomu (en una secuencia muy parecida a la que Truffaut realizaría años después en los 400 golpes) al caminar por los parajes de Musashino y llegar a una pequeña colina en la que puede contemplar la nueva Tokyo, aquella ciudad embestida por la guerra y la cultura occidental, pero que se resiste a morir.

Pero la cinta es también una historia de sacrificio femenino, que por cierto parecían fascinarle al director. La entrega de Michiko hacia unos valores superiores a ella se suman a la lista de heroínas en desgracia que forman parte esencial del mejor melodrama (como sucede en filmes tan diferentes como Stella Dallas, Europa 451, Breaking the Waves o Vera Drake) y que Mizoguchi manejará de manera magistral en otros filmes tan espléndidos como este, tales como"La vida de Oharu" y "Ugetsu Monogatari."

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El estilo de Mizoguchi (uno de los directores más importantes de Japón, comparable solamente a Ozu y Kurosawa) es como siempre notable en la composición de encuadres expresivos, que tratan de condensar los sentimientos de los personajes y seguir efectivamente la trama (recordemos que KM es probablemente el más clásico de los tres directores).

"La dama de Musashino" no está entre los filmes más populares y celebrados del director, en parte porque Mizoguchi no recibe la atención que tiene un Kurosawa (merecidamente claro) y que hace que pocas personas puedan ver la obra del director en profundidad. Sin embargo, creo que se trata de una película por encima de lo notable, digno producto de una de las mentes más brillantes del cine mundial, una experiencia excepcional, cargada de aquella intensidad emocional que solo las grandes obras pueden ofrecer.

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